Thursday, March 09, 2006

Se murió la tia tita

Abrí la puerta y fue evidente que algo en el suelo se atoró con ella. Era un sobre blanco. Cuando lo abrí encontré en el interior una carta pequeña, con letra de mujer que decía:

La tía Tita ha muerto.
El velorio es en Recinto de los Laureles.
Pensé que era una carta demasiado cortante. Quizás había embargado la tristeza mientras escribía quienquiera que fuese la autora. No tenía ni nombre, ni firma, ni hora. Debía ser reciente, de en la mañana, por ejemplo, antes de que saliera para no encontrarme con el cartero.
Más que no gustarme los velorios, me desagradaba el Recinto de Los Laureles. Siempre fue un lugar lúgubre y silencioso. Ni las risas de los niños malcriados ayudaba.
Abrí el clóset enbusca de algo qué ponerme, pero el espejo se me cruzó a medio camino y me di cuenta que ya iba de negro, facilitando las cosas.
Cuando llegué al velorio, no reconocí a nadie. El lugar era oscuro y había velas. El llanto de una mujer fue callado de golpe cuando un hombre tiró la taza en que bebía el café. Después de unos instantes de silencio, se reanudó el llanto.
¿Qué estaba yo haciendo ahí? Pero más importante aún, ¿Quién era la tía Tita?

Thursday, December 23, 2004

El Color Verdadero de las Nubes

Caminé por el parque y encontré una moneda de diez pesos.

Me di cuenta entonces que para mi era más fácil mirar al suelo en busca de monedas, que mirar al cielo. Esto quizás, porque del cielo casi nunca caen monedas.

Pero mi intuición me dijo que mirara hacia las nubes. Eran blancas, otras grises. Había muchas nubes en el cielo ese día y decidí verlas todas.

Una señora con un perro corriente me saludó de forma amable y yo la ignoré. No me gustan esa clase de perros.

Cuando salí del parque las nubes eran rosas. Jamás pensé que las nubes fueran rosas.

Desde entonces ya no me gusta el parque.

Estaba un poco desordenado.

Llegué a mi apartamento buscando un libro que había comprado poco tiempo atrás. Todo estaba tirado y era imposible atravesar de un lado a otro el departamento sin llevarse entre los pies algún trapo o resto de basura maloliente.

Entré a mi habitación y encontré una bolsa de papas fritas; de alguna noche de insomnio cuando vi alguna película.

Las probé con gran ilusión. Estaban rancias.

Continué mi búsqueda y ahí estaba mi libro perdido. Sobre una pila de ropa sucia. Lo tomé, lo abracé y no recuerdo dónde lo puse después.

¿Dónde quedó Chachita?

Mi loro favorito no estaba cuando llegué a casa. Dejé mi gorra en el sofá y busqué a chachita.

Su jaula estaba abierta.


Juro que Jamás olvido cerrarla.

Ese día prometí no olvidar a Chachita. Aunque quemé sus fotos para que no quedara rastro de ella.

Al Día siguiente compré otro loro. No me gustan las Jaulas vacías.