Se murió la tia tita
Abrí la puerta y fue evidente que algo en el suelo se atoró con ella. Era un sobre blanco. Cuando lo abrí encontré en el interior una carta pequeña, con letra de mujer que decía:
La tía Tita ha muerto.
El velorio es en Recinto de los Laureles.
Pensé que era una carta demasiado cortante. Quizás había embargado la tristeza mientras escribía quienquiera que fuese la autora. No tenía ni nombre, ni firma, ni hora. Debía ser reciente, de en la mañana, por ejemplo, antes de que saliera para no encontrarme con el cartero.
Más que no gustarme los velorios, me desagradaba el Recinto de Los Laureles. Siempre fue un lugar lúgubre y silencioso. Ni las risas de los niños malcriados ayudaba.
Abrí el clóset enbusca de algo qué ponerme, pero el espejo se me cruzó a medio camino y me di cuenta que ya iba de negro, facilitando las cosas.
Cuando llegué al velorio, no reconocí a nadie. El lugar era oscuro y había velas. El llanto de una mujer fue callado de golpe cuando un hombre tiró la taza en que bebía el café. Después de unos instantes de silencio, se reanudó el llanto.
¿Qué estaba yo haciendo ahí? Pero más importante aún, ¿Quién era la tía Tita?